Soledad
En la sedienta playa solitaria,
milagro de canción, flor de plegaria,
brillaba el sol ardiente,
con su mirada roja de Dios omnipotente.
Solos los dos, perdidos del paisaje,
–naturaleza viva sin ropaje–
veíamos el triunfo del color,
que encendía las formas del amor.
Siempre ella y yo, en mutismo apasionante,
olvidados del mundo circundante,
caminábamos juntos al azar,
mientras abajo murmuraba el mar.
Y la vida era hermosa fantasía,
colmada de promesas y alegría.
Era un sueño de cantos y de risas.
Era un susurro de agradables brisas.
Pero el tiempo corrió. Las olas lentas,
se tornaron inquietas y violentas,
agitando la espuma de sus crestas plateadas,
blancas como la nieve de las cumbres heladas.
El viejo Sol, entonces, celoso de mi suerte,
quiso golpearme fuerte,
y la dicha de que antes disfrutara,
huyó como una luz que se apagara.
Fue ya después, con triste clarinada,
que un invisible ser llamó a mi amada;
y, casi al tiempo que gemía el mar,
me quedé solo y aprendí a llorar.