Introducción
Con frialdad desconsolada el Mundo me había descubierto su descarnada realidad. Ante mis ojos, sin mayores rodeos, habíame presentado la tortura de las horas que pasan alejando la vida y acercando el dolor. El más puro amor de mi existencia se había marchado definitivamente. Su rostro frío se hermanaba con la angustia de una ausencia infinita. Al contemplar su palidez de hostia, parecíame observar el contraste de la inmensa maravilla del bien, que mi autora generosa prodigó sin recortes, frente a la dura realidad de aquel supremo instante.
Aquella página gris había quebrado mi optimismo. Recordaba al filósofo que ponía ante los hombres lo positivo del dolor, que dura toda la vida, frente a lo negativo del placer, que solo dura un instante. Desorientado, la queja que pugnaba por salir de mis labios se me antojaba cobarde ante el camino de una vida que había recorrido ella con heroísmo y con resignación. La risa se me ocurría una mueca insulada, sin sentido, casi una tregua en el camino del sufrir eterno.
Mi desconcierto resultaba odioso; y, cediendo al consejo persuasivo que me acercara la compañera de mi vida diaria, traté de encontrar la paz que me faltaba, buscando, en la tranquilidad de un paisaje serrano, el reposo espiritual que reclamaban mis nervios tan duramente castigados.
Y me ubiqué en una zona intermedia entre la costa desértica en que el Invierno impío afirma su morada y el rigor de la sierra dura y alejada del mar. Allí el Sol lucía todo el año y el verdor de los campos, templados durante las horas del día, cobijaba la vida de las flores silvestres.
Para mi, en verdad, el paisaje resultó sedante; pero, para mi esposa, buena, comprensiva y humana, a quien con este libro trato de rendir el homenaje de mi recuerdo humilde, carecía de la inquietud amplia y susurrante del mar frente al cual meciera la caricia de sus años mozos. No era justo que pensara tan solo en mi persona. Retorné a la urbe agitada, farragosa, y comencé a incursionar sobre las playas enarenadas que, durante el Estío, recalentaban fuertemente el Sol. Entonces me embelesé con sus alegrías y con sus tristezas que jugueteaban, misteriosamente, en el monorrítmico vaivén de sus aguas, tranquilas hoy y turbulentas mañana, como lección de vida, como expresión de eternidad.
Y fue frente a este paisaje “azul y mar”, como surgieron las siguientes notas que aquí quedan escritas.
I.R.E.C.