La vida real
Quise buscar al hombre justo, bueno, y me encontré con que la suma total de las virtudes era tan solo patrimonio de los muertos.
Quise huir del castigo del mal y me cobijé en el refugio enrojecido del vino.
Colmé mis ansias y desperté con sed.
Una vez más exprimí los racimos cargados de consuelo y bebí su fluido bermejo hasta caer en la embriaguez. Pero, al retornar a la vida, el castigo del mal me atacó con violencia.
Renegué de las tinieblas y las nieblas me envolvieron hasta dejarme atontado sobre la tierra ocre.
Luego me revolqué en el fango de placeres vulgares.
Volví después a la luz y el fulgor quemante del Sol tostó mi rostro hasta dejarme ciego.
Y entonces, conturbado, comprendí la obra maravillosa de Dios.