La tormenta y la calma
La tormenta se acercaba presagiando el fustazo crispante del rayo que se queja en el trueno.
Eolo había respirado con furio y su aliento nuboso escapaba de sus pulmones inquietos.
El viandante trató de guarecerse bajo techo abrigado pero las olas habían empinado sus crestas y su rabia golpeaba destrozando su espuma por sobre la playa resignada al embate de las aguas marinas.
Las frágiles embarcaciones, surtas en la bahía, traqueteaban chocando uns con otras.
Se diría que el mar luchaba por convertirse en bóveda y que las olas trataban de engullirse a la tierra.
El cuadro todo, convertido en angustia, apretaba un murmullo de voces en una sola queja:
Dios mío!…
La catástrofe había cortado algunas vidas y seguía causando no pequeños perjuicios.
El viento, implacable, siguió rugiendo, lkargamente, como fiera hambrienta. Pero, por encima del pavoroso cuadro, brillaba el Sol.
Y los potentes rayos del Dios de los Incas, desplazaron, poco a poco, el rigor del castigo.
Y las aguas fueron cobrando calma inesperada que cuajó en un oleaje mensajero de paz y de esperanza.
Dios mío!…
Y por sobre la inmensa playa de rocas y de arena, quedaron esparcidos, como testigos mudos, fríos crespones de dolor y de luto y restos destrozados de naves y de redes…
Dios mío!…
Y pagaron algunos su tributo a la vida, que llegó de visita entre gemidos lastimeros, y que luego se fue dejando ancho camino de amargura y de llanto…