La esperanza…
Desde la tibia ribera humedecida, mientras el Sol, sediento, se inclinaba enrojecido para besar la superficie del mar, contemplé sobrecogido, el bostezo de la tarde muriente.
-Yo no quiero moror!… grité desesperado. Pero mi grito se perdió en la línea del ocaso sin fin.
-Yo no quiero morir!… grité aturdido. Pero el mar, indifirente, siguió agitando las diminutas arenas de la playa…
Y me envolvió la noche negra, fría. Y sentí fiebre, soledad, temor. Y corrí sin saber adonde iba. Y, presuroso, sigo corriendo sin saber de donde vine, pero esperando siempre el retorno de la hora misteriosa en que el Sol, gigantesco y terrible, vuelva a ocultarse, silencioso, para nacer de nuevo…