La conciencia
A un lejano pueble llamado Koshipata, llegó un buen día un hombrecillo locuaz que vendía espejos misteriosos y otras menudas baratijas.
Se ubicó en un recodo de la plaza mayor y comenzó a ofrecer sus extrañas mercancías con el siguiente discurso:
“-Vendo espejos semejantes al que ahora os presento. Ellos son capaces de reproducir la conciencia de los seres humanos. En esta comarca hay gentes buenas, regulares y malas. Comprando mis espejos y contemplándose en ellos, cada cual podrá, fácilmente, conocer su conducta e informarse de la de los demás”.
Y las gentes compraron los cristales y empezaron a observar en ellos sus conciencias.
Pero, oscuras unas, borrosas o empañadas otras, no hubo uno solo capaz de apreciar con claridad su imagen. Y era extraño porque ninguno se sentía poseedor de una conciencia con mácula.
El vendedor hizo buena cosecha; pero, al contemplarse él mismo -exigido por aquellos que lo habían favorecido con sus compras- la nubosidad del cristal concluyó por enardecer a los consumidores.
Y lo trataron de aprovechador, trapisondista y embustero.
Urgido por el temor y hasta desorientado, elevó su mirada hacia el Cielo, y luego, bajando otra vez la vista, llamó a un pequeño y lo enfrentó al espejo.
Y el cristal, entonces, devolvió la imagen con nitidez inesperada…