¿Empezar de nuevo?

El caminante, agobiado, se detuvo un momento al pie de una fuente apacible en la que dormitaba la caricia de las hojas de Loto. Sus pies descalzos habían recogido el polvo del camino y su queja, silenciosa, lloraba en los marcados surcos de su rostro enjuto.

Comprendiendo su angustia, un joven campesino se acercó al infeliz, deseoso de aliviar su desdicha.

Y le dijo:

– Cuento 19 años y soy fuerte como los robles de Iberia. Tú, en cambio, estás viejo pero no vencido. Has vivido mucho y, seguramente, has aprendido más. Tal vez por tu experiencia pudieras ser más útil que yo que no se nada. Quiero ayudarte aun a costa de mi propia vida.

Dime:

Cambiarías tus años rendidos al dolor y al hambre por los míos que recién asoman a la luz de las horas?

El caminante, entonces, se irguió como un junco de aquellos que crecen esbeltos y flexibles en las orillas de los lagos tranquilos y respondió resuelto:

– En qué forma te he agraviado yo para que me desees tanto daño?

Tan mal me aprecias que ahora, cuando al fin paréceme llegar al término de mi penos ruta, me invitas a empezar de nuevo?

. . . . . . . . . . . .

Y las hojas serenas de los lotos prosiguieron estáticas, prendidas del paisaje, mientras, al fondo, los cristales traviesos del surtidor que se perdía en el lago, continuaron quebrándose en un suave murmullo de inquietud y de luz . . .


Azul y Mar