El deber de dar
Llamó el trotamundos a la puerta de una casa en un barrio lujoso de la vieja ciudad.
Imploró un socorro; pero la puerta que se abrió para escucharlo, se cerró sin que le dieran nada.
– ¡Miserable! –gritó– Que el Dios de los Mundos seque tus arcas y que tus monedas se conviertan en pastillas volátiles . . .
Con el auxilio de alguien, que se hizo cargo de su angustia, jugó al azar y el Destino le otorgó con creces lo que los hombres le negaron.
Dueño más tarde de abundantes recursos, emprendió largo viaje.
En cierta ruta del desierto, encontró a un pobre hombre que pedía auxilio porque moría de hambre y de sed.
– Señor: –díjole el guía:– Ese infeliz se muere de hambre y de sed.
Y el trotamundos contestó: -Entonces acelera tu marcha porque no quiero complicarme en problemas que yo no he creado.
Y el infeliz continuó consumiéndose sobre las arenas quemantes de la ruta sin fin . . .