¿De qué te quejas?
Un día salpicaste con tu blasfemia la limpidéz de la justicia. Te quejaste con saña del rumbo amargo que tomó tu vida. Denostaste a quien te mostró los caminos del bien y del mal y escogiste el placer de lo supérfluo.
Pero tu grito no colmó tu desventura ni tu furia cambió la faz de tus angustias.
Cuando el calor del Sol iluminó tu sendero, tomaste la ruta sabrosa del placer negado; y, en lugar de cobijarte bajo la sombra refrescante del árbol del bien, que no se seca nunca, quemaste tus vestiduras en la golosa locura del pecado.
De qué te quejas?
No fuiste tu quien no quiso apaciguar tu sed de vino dejando que fugara de tu lado la fé de la esperanza y la promesa dulce de lo eterno?…