Cruz María
Fue así, tan luminosa como la luz del día,
la graciosa vecina que junto a mi vivía.
Su porte era arrogante,
su andar era marcial,
su gesto era elegante,
y su voz de cristal.
Así era la vecina que junto a mi vivía;
así era Cruz María.
Si caía en tristeza, mi curiosa vecina,
con la magia adorable de su voz dulce, fina,
me obsequiaba el ensueño de su conversación.
Y su hablar era lento,
susurrante su acento,
y clara y fascinante su fácil expresión.
Esta era la vecina que junto a mi vivía.
Esta era Cruz María.
Pero un día brillante del romántico abril,
en que el Sol alumbraba con extraño fulgor,
Cruz María,
jugando con sus pálidas manos de marfil,
me dijo: –Ya es Otoño. Ya se aleja el calor;
las hojas, empujadas por la fuerza del viento, se mudan, languidecen y atropelladas van,
rozándose unas y otras con misterioso acento,
que las lleva hacia un mundo del que no volverán.
Y yo me voy con ellas porque ya quiero ver,
que retornen las hojas en otro amanecer.
Y se fue, ligerita, del barrio en que vivía,
Cruz María.
¿Que no me quedé solo…?
Si estoy acompañado
será con el recuerdo de aquel tiempo pasado,
en que estuvo a mi lado,
Cruz María.