Así vivió la flor

04En el jardín asoleado y solitario el botón de la flor se empeñaba en romper el apretado cinturón de su cerco. Tratando de ofrecer sus colores, se esforzaba por llegar a la vida.

El rocío, húmedo, acudió en su auxilio; y, poco a poco, la flor se fue abriendo camino hasta que, al fin, como sonrisa de virgen, abrió sus pétalos alegres.

Enamorados de su limpio hermosura, los insectos la besaron codiciosamente. El aire fresco le obsequió sus caricias y la luz la hizo brillar en medio de una adorable sinfonía de amor.

Un colibrí, goloso, apretó su pico punzante contra su pudorosa vestimente y se adueño del secreto de su vida naciente.

El Sol, el viejo Sol, le brindó calor vivificante y la brisa del medio día le hizo campo propicio para la exhibición de su belleza.

Perfumada la flor, abrió su seno y derrochó su alegría y su gracia; pero, cansada al fin, concluyó por convertirse en una triste pieza amarillenta que, lentamente, fue perdiendo su seductor encanto.

Un jardinero se apiadó de su drama. Cortó su tallo y la arrojó a un lado del sendero.

-Adonde he venido a parar -se dijo la flor; y cuando la lluvia quit’o la vida al resto de color que aun le quedaba, floreció su semilla por entre el charco barroso que la vistió con una nueva vida.


Azul y Mar